Tomado de Paul Johnson, La historia de los judíos (Vergara, Barcelona, 2005), pp. 695-697
EPÍLOGO
En su obra Antigüedades judaicas Josefo describe a Abraham como "un hombre muy sagaz" que tenía "unas ideas sobre la virtud superiores a las de otros de sus contemporáneos".Por consiguiente, "decidió modificar completamente las opiniones que todos ellos tenían acerca de Dios". Un modo de resumir cuatro mil años de historia judía consiste en preguntarnos cuál habría sido la suerte de la raza humana si Abraham no hubiese sido un hombre muy sagaz, o si hubiese permanecido en Ur y reservado para sí sus ideas superiores, y no hubiese existido un pueblo específicamente judío. Ciertamente, sin los judíos el mundo habría sido un lugar radicalmente distinto. La humanidad tarde o temprano hubiera llegado a descubrir todas las ideas judías, pero no podemos tener la certeza de que hubiera sido así. Todos los grandes descubrimientos conceptuales del intelecto parecen obvios e inevitables una vez revelados, pero se necesita un genio especial para formularlos por primera vez. Los judíos tienen ese don. Les debemos la idea de la igualdad ante la ley, tanto divina como humana; de la santidad de la vida y la persona humana; de la conciencia individual y, por lo tanto, de la redención personal; de la conciencia colectiva y, por lo tanto, de la responsabilidad social; de la paz como ideal abstracto y del amor como fundamento de la justicia, así como muchos otros aspectos que constituyen la dotación moral básica de la mente humana. Sin los judíos, ésta habría podido ser un lugar mucho más vacío.
Sobre todo, los judíos nos enseñaron el modo de racionalizar lo desconocido. El resultado fue el monoteísmo y las tres grandes religiones que lo profesan. Casi sobrepasa nuestra capacidad imaginar cuál habría sido el destino del mundo si ellos nunca hubiesen existido. Tampoco puede decirse que la penetración intelectual en lo desconocido se detiene en la idea de un Dios. En efecto, el propio monoteísmo puede interpretarse como un hito en el camino que conduce a la gente a prescindir por completo de Dios. Los judíos, primero, racionalizaron el panteón de ídolos y los convirtieron en un Ser Supremo; después, iniciaron el proceso de suprimir a Dios racionalizándolo. En la perspectiva final de la historia, Abraham y Moisés pueden llegar a parecer menos importantes que Spinoza, pues el influjo de los judíos sobre la humanidad ha sido proteico. En la Antigüedad fueron los grandes innovadores de la religión y la moral. En la Alta Edad Media europea eran todavía un pueblo avanzado que transmitía el conocimiento y la tecnología. Gradualmente fueron apartados de la vanguardia y se rezagaron, hasta que a fines del siglo XVIII se los vio como una retaguardia harapienta y oscurantista en la marcha de la humanidad civilizada. Pero entonces sobrevino una asombrosa y segunda explosión de capacidad creadora. Salieron de sus guetos, y de nuevo transformaron el pensamiento humano, esta vez en la esfera secular. Gran parte de la dotación mental del mundo moderno pertenece también a los judíos.
Los judíos no sólo fueron innovadores. También fueron ejemplos y paradigmas de la condición humana. Parecía que presentaban con claridad y sin ambages todos los dilemas inexorables del hombre. Fueron los "forasteros y viajeros" por antonomasia. Pero ¿no compartimos todos esa condición en este planeta, donde a cada uno se nos concede apenas una estancia de setenta años? Los judíos han sido el emblema de la humanidad desarraigada y vulnerable. Pero ¿acaso la tierra entera es algo más que un lugar de tránsito provisional? Los judíos han sido fieros idealistas que buscaron la perfección, y al mismo tiempo hombres y mujeres frágiles que ansiaban la abundancia y la seguridad. Querían obedecer la ley imposible de Dios, y también buscaban conservar la vida. Ahí está el dilema de las comunidades judías de la Antigüedad, que trataban de combinar la excelencia moral de una teocracia con las exigencias prácticas de un estado capaz de defenderse. El dilema se ha repetido en nuestro propio tiempo en la forma de Israel, fundado para realizar un ideal humanitario, y que ha descubierto en la práctica que necesita mostrarse implacable si quiere sobrevivir en el mundo hostil. Pero ¿acaso éste no es un problema recurrente que afecta a todas las sociedades humanas? Todos queremos construir Jerusalén. Parece que el papel de los judíos es concentrar y dramatizar estas experiencias comunes de la humanidad, y convertir su destino particular en una moral universal. Pero si los judíos asumen este papel, ¿quién se los asignó?
Los historiadores deben evitar la búsqueda de esquemas providenciales en los hechos. Es demasiado fácil encontrarlos, pues somos creaturas crédulas, nacidas para creer y dotadas de una imaginación poderosa que fácilmente reúne y organiza los datos para adaptarlos a un plan trascendente cualquiera. Sin embargo, el escepticismo excesivo puede originar una deformación tan grave como la credulidad. El historiador debe tener en cuenta todas las formas de la prueba, incluso las que son o parecen ser metafísicas. Si los primitivos judíos fueran capaces de analizar, con nosotros, la historia de su progenie, no hallarían en ella nada sorprendente. Siempre supieron que la sociedad judía estaba destinada a ser el proyecto piloto de toda la raza humana. A ellos les parecía muy natural que los dilemas, los dramas y las catástrofes judíos fueran ejemplares, de proporciones exageradas. En el curso de los milenios, que los judíos provocasen un odio sin igual, incluso inexplicable, era lamentable pero de esperar. Sobre todo, que los judíos sobreviviesen, cuando todos los restantes pueblos antiguos se habían transformado o desaparecido en los entresijos de la historia, era completamente previsible. ¿Cómo podía ser de otro modo? La providencia lo decretaba, y los judíos obedecían. El historiador puede decir: no hay nada a lo que pueda denominarse providencia. Quizá no. Pero la confianza humana en esa dinámica histórica, si es intensa y lo bastante tenaz, constituye en sí misma una fuerza que presiona sobre el curso de los hechos y los impulsa. Los judíos han creído que eran un pueblo especial, y lo han creído con tanta unanimidad y tal pasión, y durante un periodo tan prolongado, que han llegado a ser precisamente eso. En efecto, han tenido un papel porque lo crearon para ellos mismos. Quizá ahí está la clave de su historia.
sábado, junio 20, 2009
jueves, marzo 12, 2009
sábado, marzo 07, 2009
¡¡¡ME HAN ROBADO!!! (mi Padrenuestro del anarquista) ---wg
Desde 2001 publiqué Padrenuestro del anarquista. Fue en Cosa nostra, Club de anarcotraficantes, mi otra page.
Y ahora me encuentro conque unos tipos de una revistucha llamada "Tierra y Libertad" han cogido mi Padrenuestro, han distorsionado un párrafo (sólo un párrafo), y lo demás lo publican como si fuera suyo... los muy ratas. No citan la fuente. La noticia en el foro de A las Barricadas bajo el nombre "Un padrenuestro ¡diferente!".
Lo bueno es que ya publican cosas escritas por anarcocapitalistas... jojojo
Y ahora me encuentro conque unos tipos de una revistucha llamada "Tierra y Libertad" han cogido mi Padrenuestro, han distorsionado un párrafo (sólo un párrafo), y lo demás lo publican como si fuera suyo... los muy ratas. No citan la fuente. La noticia en el foro de A las Barricadas bajo el nombre "Un padrenuestro ¡diferente!".
Lo bueno es que ya publican cosas escritas por anarcocapitalistas... jojojo
viernes, febrero 27, 2009
Un neologismo: Anarquicismo
Charles Sanders Pierce inventó la palabra pragmatismo alrededor de 1870. En su visión, el pragmatismo era una teoría del significado (no una teoría de la verdad), y llegó a ser una idea interesante en filosofía de la ciencia. Años más tarde, William James empleó la misma palabra, pragmatismo, para referirse a su propia filosofía. Pero en el caso de James el pragmatismo era ya una teoría de la verdad, y él llevó su teoría tan lejos, que comenzó a admitir que ciertas proposiciones teológicas o metafísicas podrían ser llamadas "verdaderas" con todo rigor (siempre que cumplieran ciertas condiciones). A raíz de esto el pragmatismo fue objeto de muchas mofas (injustas, a mi parecer), en especial de parte de Bertand Russell, y comenzó a desprestigiarse en los círculos filosóficos y científicos. Eso molestó mucho a Pierce, quien hizo lo posible por desvincularse de William James. Para ello inventó una nueva palabra, pragmaticismo. Cuando le preguntaron porqué había elegido una palabra tan fea, Peirce respondió:
---Es tan fea, que nadie querrá volver a robármela.
Pues bien, acá, entre anarcos, las cosas están más o menos como sigue: Los inventores de la palabra anarquismo fueron los anarquistas individualistas (Proudhon, o quizá algún otro antes que él). Para ellos, el anarquismo era la filosofía de la libertad individual. No obstante, muy poco despues, los anarquistas socialistas se apoderaron de la palabra y llegaron a decir que "anarquismo" era sinónimo de "socialismo libertario" (y que la libertad individual, si bien sería siempre muy respetada, de alguna manera pasaba a segundo término, siendo lo primero y lo principal la libertad colectiva o comunitaria). Como los socialistas libertarios siempre fueron muchos más que los individualistas, la palabra anarquismo se transformó, como dije, en sinónima de socialismo libertario.
Lo curioso, sin embargo, es que los socialistas acusan a los anarquistas individualistas modernos, los anarcocapitalistas, de quererse robar la palabra (como si ellos no la hubieran tomado prestada de Proudhon y luego se olvidaron de devolverla). Por ello, para acabar con el pleito y evitar esta (bastante injusta) acusación, propongo a los ancaps que en adelante utilicemos un neologismo:
La palabra es tan fea, creo yo, que así nadie querrá volver a robárnosla.
---Es tan fea, que nadie querrá volver a robármela.
Pues bien, acá, entre anarcos, las cosas están más o menos como sigue: Los inventores de la palabra anarquismo fueron los anarquistas individualistas (Proudhon, o quizá algún otro antes que él). Para ellos, el anarquismo era la filosofía de la libertad individual. No obstante, muy poco despues, los anarquistas socialistas se apoderaron de la palabra y llegaron a decir que "anarquismo" era sinónimo de "socialismo libertario" (y que la libertad individual, si bien sería siempre muy respetada, de alguna manera pasaba a segundo término, siendo lo primero y lo principal la libertad colectiva o comunitaria). Como los socialistas libertarios siempre fueron muchos más que los individualistas, la palabra anarquismo se transformó, como dije, en sinónima de socialismo libertario.
Lo curioso, sin embargo, es que los socialistas acusan a los anarquistas individualistas modernos, los anarcocapitalistas, de quererse robar la palabra (como si ellos no la hubieran tomado prestada de Proudhon y luego se olvidaron de devolverla). Por ello, para acabar con el pleito y evitar esta (bastante injusta) acusación, propongo a los ancaps que en adelante utilicemos un neologismo:
anarquicismo,
y que en adelante, cuando nos pregunten qué somos, digamos
anarquicistas.
La palabra es tan fea, creo yo, que así nadie querrá volver a robárnosla.
miércoles, febrero 04, 2009
Bueno... mmm... ¿y por qué no? ---wg
¿Qué tal si invocamos a Proudhon, a Tucker, a Warren, a Bellegarrigue, a Spooner, a Thoreau y a Voltairine, y les preguntamos qué opinan del anarcocapitalismo? Saldríamos de dudas de una vez por todas, ¿no?

(De hecho, ya estoy en pláticas con mi suegra, que conoce gente importante en los círculos kardekianos...)
sábado, enero 10, 2009
TRADUCCIÓN de Contra el "apartheid" anarquista... ---Roderick Long
Tomado de Austro-Athenian Empire
Traducción completa
Obsérvense las siguientes listas de nombres:
GRUPO 1
Josiah Warren
Stephen Pearl Andrews
Ezra Heywood
Anselme Bellegarrigue
Lysander Spooner
Benjamin Tucker
Francis D. Tandy
John Henry Mackay
Voltairine de Cleyre (primera)
Franz Oppenheimer
GRUPO 2
Gustave de Molinari
Herbert Spencer (primer)
Auberon Herbert
Wordsworth
Donisthorpe
Rose Wilder Lane
Robert LeFevre
Murray Rothbard
David Friedman
Randy Barnett
Samuel E. Konkin 3.0
Hans-Hermann Hoppe
Es obvio que ambas listas tienen algo en común: todos los nombres pertenecen a pensadores que apoyan radicalmente los mercados libres y la abolición del estado; por tanto, podemos inferir que todos son anarquistas de mercado.
Sin embargo, en los círculos anarco-izquierdistas se insiste en que los pensadores del Grupo 1 son anarquistas genuinos, y que los del Grupo 2 no son anarquistas en absoluto –dado que los verdaderos anarquistas deben oponerse no sólo al estado, sino también al capitalismo. Se dice que los del Grupo 1 son claramente anti-capitalistas y, por consecuencia, anarquistas auténticos; pero los del Grupo 2 quedan excluidos porque defienden al capitalismo. (No estoy seguro dónde meter a geoliberales como Albert J. Nock y Frank Chodorov, o a pensadores emigrantes como Karl Hess; de modo que prefiero no mencionarlos)
No hace falta decir que no soy fan de esta supuesta dicotomía entre "verdaderos" y "falsos" anarquistas de mercado. Pienso criticar con más detalle esto en el futuro; por lo pronto me limitaré a dos cuestiones generales.
Primero: Quienes se empeñan en sostener dicha dicotomía difícilmente son anarquistas de mercado ellos mismos. Por lo general son los anarcocomunistas o los anarcocolectivistas quienes consideran que los pensadores de ambos Grupos hacen concesiones inaceptables al individualismo económico. (De hecho suelen descalificar como “stirneritas” incluso a sus favoritos del Grupo 1 –con la sola excepción de Proudhon-, y eso aun cuando la mayoría de los pensadores del Grupo 1 desarrollaron sus ideas muy aparte de Max Stirner; incluso Tucker, el más claro “stirnerita” del Grupo, fue un anarquista de mercado antes de conocer las ideas de Stirner). Cuando los anarquistas anti-mercado pretenden tener el derecho a decidir quién es y quién no es un genuino anarquista de mercado, se parecen un poco a los cristianos que exigen el derecho a decidir en la disputa entre chiítas y sunnitas. (Yo sospecho que lo que realmente quisieran los anti-mercado es hacer una purga en ambos Grupos; pero como las credenciales anarquistas del Grupo 1 están bien establecidas, no es una solución práctica).
Entonces, en lugar de investigar las opiniones de los anarquistas anti-mercado, me parece más relevante saber si los pensadores del Grupo 1 consideraban a los del Grupo 2 como compañeros anarquistas, o no. Y, de hecho, algunas luminarias del Grupo 2 –como Molinari, Donisthorpe y el primer Spencer- fueron saludados como anarquistas, o (en el caso de Herbert Spencer) como “cercano al anarquismo” --eso en las páginas de Liberty de Tucker, el principal órgano del anarquismo individualista norteamericano, donde publicaban la mayoría de los escritores del Grupo 1. (Donisthorpe, incluso, escribía para tanto para Liberty como para el periódico de la Liberty and Property Defence League, con lo cual transitaba a través de un golfo ideológico supuestamente intransitable). Así, el líder y vocero del Grupo 1, aunque ciertamente criticaba algunos puntos de los pensadores del Grupo 2, no tenía problema en reconocerlos como compañeros anarquistas. (Compárese también la muy favorable actitud del tuckeriano contemporáneo Kevin Carson hacia los rothbardianos y konkinianos).
No es que Tucker fuera especialmente generoso con el término “anarquista”. Al contrario, Tucker negó el derecho a ese término a anarcocomunistas como Johann Most, Pëtr Kropotkin y los mártires del Haymarket; desde el punto de vista de Tucker, eran ellos, y no los spencerianos, los anarquistas “falsos”. Por supuesto, yo no sigo a Tucker en este punto concreto; un parroquialismo no es mejor que otro cualquiera. Pero el hecho es que el editor de Liberty –quien siempre denominó a su propia postura como “manchesterianismo consistente”- se sentía menos cercano a los anarcocomunistas de su tiempo que a los precursores del “anarcocapitalismo” (ciertamente, los puntos de vista de Tucker sobre Molinari y los spencerianos radicales son la mejor guía que podemos tener acerca de lo que Tucker pensaría hoy sobre Rothbard, Friedman, etc); y eso habla contra la división simplista de los anarquistas de mercado en ovejas socialistas y cabras capitalistas. (En verdad, los escritores de Liberty citaban a Spencer tanto como a Proudhon; y, para el efecto, Karl Marx se quejaba de que Proudhon respetara más a un liberal clásico cuasi-anarquista como era Charles Dunoyer que a un revolucionario comunista como Étienne Cabet).
Segundo: hasta el momento no es claro bajo qué criterios hay que separar a los del Grupo 1 de los del Grupo 2. Los partidarios de la dicotomía insisten en que el Grupo 1 es “anti-capitalista”, mientras que el Grupo 2 es “pro-capitalista”; pero esta etiqueta no es útil si no hay detrás hay algo sustantivo, no meramente terminológico. El hecho de que los pensadores del Grupo 1 acostumbraran usar “socialismo” como una palabra virtuosa, y “capitalismo” como una palabra viciosa, mientras que los pensadores del Grupo 2 solían a hacer lo contrario, importa muy poco; porque, claramente, ambos grupos no hablan de lo mismo cuando emplean dichas palabras. La mayoría de los pensadores del Grupo 2 usan la palabra “capitalismo” parta hablar de un libre mercado no regulado, y usan “socialismo” para hablar del control gubernamental; mientras que la mayoría del Grupo 1 usan esas palabras con significados diversos, pero coinciden con los del Grupo 2 en favorecer a los mercados libres y en oponerse al control del gobierno, sin importar qué nombres utilicen para referirse a todo eso. Como lo dijo Thomas Hobbes: “Words are wise men’s counters, they do but reckon by them; but they are the money of fools”.
Dados los muchos significados de “capitalismo”, es muy difícil sustentar una dicotomía crucial entre pensadores antiestatistas basados solamente en su actitud hacia una abstracción indefinida llamada “capitalismo”. Tenemos que conocer qué posiciones específicas dividen a los del Grupo 1 de los del Grupo 2. Pero es excesivamente difícil descubrir posturas que separen a ambos Grupos de la manera deseada.
¿Será, acaso, su postura sobre la teoría laboral del valor? Mientras eso no se traduzca en diferencias prácticas, ¿qué diferencia hace?
¿O es su postura sobre el sistema salarial y la explotación del trabajo por el capital? Bajo ese criterio, pensadores del Grupo 2 como Spencer, Konkin y Friedman, que apoyan la abolición del trabajo asalariado, pertenecerían al Grupo 1, mientras que Molinari y Donisthorpe, que proponen reformar el sistema de salarios para dar mayor poder a los trabajadores, quedarían en algún lugar intermedio entre los dos Grupos.
¿Es su postura sobre la propiedad de la tierra y la renta? Bajo ese criterio, Spencer, quien rechazaba en su totalidad la propiedad de la tierra, sería más “socialista” que Tucker y pertenecería así al Grupo 1; mientras que Spooner, quien legitimaba al propietario ausente, sería más “capitalista” que Tucker y pertenecería entonces al Grupo 2.
¿Es su postura sobre la agencias de protección y policías privadas como cuasi-gubernamentales? Bajo ese criterio, Tucker, Tandy y Proudhon, que apoyaban las policías privadas, serían “pseudoanarquistas” del Grupo 2; mientras que LeFevre, quien rechazaba toda violencia, incluso la defensiva, tendría que ser movido al Grupo 1.
¿Es su postura sobre la propiedad intelectual? Bajo ese criterio, un fan de la PI como Spooner tendría que ser transferido al Grupo 2 “pro-propietarista”; mientras que los rothbardianos contemporáneos, como enemigos de la PI, tendrían que ser acomodados en el Grupo 1 “anti-propietarista”.
¿Es su postura sobre la legitimidad del interés? Bueno, quizá en abstracto, pero ambos bandos tienden a predecir una caída drástica en el precio de los préstamos como resultado de la competencia libre en la industria del crédito; pero ambos niegan que la caída llegará hasta cero: Los pensadores del Grupo 1 solían llamar “costo” a ese residuo diferente de cero; mientras que los del Grupo 2 acostumbran llamarlo “interés” –y ya basta, hum. Esto parece una caña muy frágil para algo tan pesado.
Ninguno de los criterios a los que se suele apelar parece sustentar, sobre bases concretas, la división en dos Grupos. Sospecho que lo que de verdad motiva a los partidarios de la dicotomía no es alguna política específica, sino más bien la sensación de que la retórica pro-mercado del Grupo 2 es un disfraz para ocultar la racionalización de las relaciones de poder que prevalecen en el capitalismo corporativo, lo cual no sucede en la retórica pro-mercado del Grupo 1 –por más que también les parezca errónea a los dicotomistas. Y, a su vez, tal percepción se basa, creo yo, en el hecho de que los pensadores del Grupo 2 son más proclives a caer en lo que Kevin Carson llama “libertarismo vulgar”, esto es, el error que consiste en confundir la defensa del libre mercado con la defensa del actual orden prevaleciente –y no tan libre.
Ahora bien, es verdad que el Grupo 2 está más expuesto que el Grupo 1 a caer en esa infortunada tendencia. Empero:
a) pocos pensadores del Grupo 2 cometen ese error consistentemente;
b) algunos del Grupo 2 (vgr, Konkin, o el Rothbard de los 60’s, o incluso Hess, si cuenta como parte de este Grupo) no lo cometen en absoluto;
c) el error de los libertarios vulgares no es más grave que, digamos, la egregia misoginia o el anti-semitismo de Proudhon –esto es, no es una razón poderosa para botarlos del club anarquista; y
d) si confundir el libre mercado con el capitalismo corporativo no descalifica a los anarquistas anti-mercado (quienes frecuentemente cometen el mismo error, aunque viajen en dirección opuesta), ¿por qué debería ser suficiente para descalificar a los libertarios vulgares?
Por tanto, no veo bases sólidas para admitir la dicotomía entre los Grupos 1 y 2. Todos son anarquistas de mercado –con virtudes y fallas diversas, pero todos camaradas.
**********
Trad: wg
viernes, enero 09, 2009
Los bolcheviques y el capitalismo espontáneo ---wg
Dijo Lenin:
Lo cual demuestra varias cosas:
a) Que Lenin era un praxeólogo intuitivo de primerísimo nivel y entendía perfectamente que el capitalismo es... esa cosa que la gente hace cuando la dejan sola;
b) que su dictadura no fue consecuencia de "la maldad o del ansia de poder de los bolcheviques", sino de una estrategia diseñada especialmente para evitar el renacimiento espontáneo del capitalismo;
c) que, como ha dicho Lobo Gris de Lothlórien, el grado de coerción necesario para defender la propiedad común es infinitamente superior al necesario para defender la propiedad privada (aunque los pobres anarcocomunistas no se percaten de ello);
y d) que los soviets o las asambleas populares serían ineficaces para derrotar al capitalismo espontáneo porque les falta lo principal: una voluntad única.
MORALEJA: Los anarquistas sólo tienen dos opciones: anarcocapitalismo o dictadura.
La dictadura del proletariado es la guerra más abnegada y más implacable de la nueva clase contra un enemigo más poderoso, contra la burguesía, cuya resistencia se ve duplicada por su derrocamiento (aunque no sea más que en un país) y cuya potencia consiste no sólo en la fuerza y solidez de los vínculos internacionales de la burguesía, sino, además, en la fuerza de la costumbre, en la fuerza de la pequeña producción. Porque, por desgracia, queda todavía en el mundo mucha, muchísima pequeña producción, y la pequeña producción engendra capitalismo y burguesía constantemente, cada día, cada hora, de modo espontáneo y en masa. Por todos estos motivos, la dictadura del proletariado es necesaria, y la victoria sobre la burguesía es imposible sin una guerra prolongada, tenaz, desesperada, a muerte, una guerra que exige serenidad, disciplina, firmeza, inflexibilidad y una voluntad única. ---V I Lenin, Obras Escogidas, vol III, p.373 (Ediciones en Lenguas Extranjeras, Moscú, 1960) [Negritas mías]
Lo cual demuestra varias cosas:
a) Que Lenin era un praxeólogo intuitivo de primerísimo nivel y entendía perfectamente que el capitalismo es... esa cosa que la gente hace cuando la dejan sola;
b) que su dictadura no fue consecuencia de "la maldad o del ansia de poder de los bolcheviques", sino de una estrategia diseñada especialmente para evitar el renacimiento espontáneo del capitalismo;
c) que, como ha dicho Lobo Gris de Lothlórien, el grado de coerción necesario para defender la propiedad común es infinitamente superior al necesario para defender la propiedad privada (aunque los pobres anarcocomunistas no se percaten de ello);
y d) que los soviets o las asambleas populares serían ineficaces para derrotar al capitalismo espontáneo porque les falta lo principal: una voluntad única.
MORALEJA: Los anarquistas sólo tienen dos opciones: anarcocapitalismo o dictadura.
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